El campo no puede tragar ya ni una gota más de agua, así que las lluvias que siguen cayendo resbalan por todas partes. Las charcas están rebosando, los senderos se han transformado en pequeños riachuelos, las praderas esconden debajo de las hierbas una especie de esponja que atrapa las zapatillas cuando nos aventuramos campo a través.
Todo rezuma agua: el cielo, las nubes, la tierra, las plantas... Así que lo normal es que regrese de mis correrías totalmente empapado. Porque llega un momento en el que ya dejas de preocuparte por donde vas a pisar y tiras por la calle del medio.
Sin embargo, debajo de toda esa lluvia se esconden ya los primeros signos de la primavera. Hace un par de días me sorprendió esa sensación de cambio en el ambiente. Además, los pitos reales están ya defendiendo su territorio a carcajadas. Unas risotadas que me ponen de buen humor aunque vaya pingando.







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