Estas últimas semanas me está costando correr. Salgo de casa arrastrando ya los pies, las piernas me pesan, no pillo velocidad ni cayendo cuesta abajo, respirar se convierte en un trabajo, y el corazón me recuerda constantemente que no hemos venido a este mundo a disfrutar.
No creo que sea por la edad, aunque los años también aportan su granito. A veces pienso que la culpa la tiene algún virus de esos que no se dejan notar demasiado. O puede que el jamacuco que me dio en noviembre me haya dejado para el arrastre definitivo. Pero el caso es que me cuesta correr.
Y encima el tiempo no acompaña. Vale que ha empezado ya la primavera, pero la estación está todavía en esa fase preadolescente en la que el escenario no destaca por su belleza. Todavía queda mucho hasta que el campo se transforme en un verdadero espectáculo. Mientras tanto no queda otra que arrastrarse por los caminos gritando Penitenciagite al aire, como Salvatore.




No hay comentarios :
Publicar un comentario