lunes, 5 de agosto de 2013

Río Moros y puerto de Pasapán



La última vez que vine al río Moros me había quedado con las ganas de descubrir los caminos que recorren la ladera norte del valle (la que queda al sur de la Mujer Muerta). En sus faldas hay dos pistas que serpentean, siguiendo el contorno de las montañas a diferente altura. Y en lo más alto queda el puerto de Pasapán.

Así que he vuelto al Moros, con la luz del alba, para ver si las fuerzas me permitían seguir esos caminos. Como llevo un par de semanas en dique seco, y sólo salgo los domingos, no tenía nada claro cuánto tiempo iba a poder aguantar. Por eso este valle era una buena elección. La gran cantidad de caminos y cruces me permitirían acortar a las primeras de cambio.

La salida la he hecho en ese momento en el que las primeras luces del día permiten empezar a vislumbrar el camino. Iba con precaución y ritmo muy suave. Por un lado no sabía cuánto iba a poder aguantar en un recorrido que quería ser largo. Y por otro lado no quería forzar la marcha habiendo estado sin correr durante tanto tiempo.

Además, cuando no llevaba ni siquiera una hora he empezado a notar una sensación rara en la pierna izquierda. Parecía como si fuera de corcho, así que, por si acaso, he bajado todavía más el ritmo. Y puede que haya sido esto lo que me ha permitido aguantar tanto. Creo que si hubiera ido más rápido habría tenido que dejarlo mucho antes.

El caso es que, entre unas cosas y otras, me he liado la manta a la cabeza y he pasado por todos los sitios todavía no conocía. Con una cuesta de impresión al principio de la subida al puerto (un desnivel de 150 metros que parecía una pared) y el resto del camino suave, suave. Creo que ya sólo me faltan las canteras abandonadas que hay en la cabecera para conocer todos los rincones del valle.

En resumen:

  • Un valle precioso, pero en el que se echa de menos la falta de senderos. He terminado un poco cansado de correr siempre por pistas forestales.
  • La fauna y la flora han estado hoy divididas. Muchos corzos y hierbas de Santiago en el fondo del valle y buitres negros y digitales en flor en las partes más altas. Con zorzales y arrendajos acompañándome durante todo el camino. Y un pico picapinos posado en una rama al final, para despedirme.
  • Como siempre, poca gente. Tan sólo he visto a un grupo de ciclistas en la parte baja, cuando ya me arrastraba de vuelta con las fuerzas justas.


50,47 Km (31,36 millas)
1.038 m
5h 47 min (8,73 Km/h)
 

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