lunes, 8 de marzo de 2021

Bajo un cielo blanco


Hace poco he estado leyendo un par de libros sobre la naturaleza en la que vamos a vivir en un futuro cada vez más cercano. Libros que muestran no tanto las señales de lo que viene, como las huellas de lo que ya ha llegado.

En The Water Will Come, Jeff Goodell se centra en la subida del nivel de los océanos y en lo que se está haciendo por todo el mundo para evitar las consecuencias de las inundaciones que nos mojan ya los pies. Aunque hay capítulos dedicados a Holanda, Venecia, Lagos o los microestados del Pacífico, lo cierto es que, siendo americano, Goodell utiliza sobre todo a ciudad de Miami como ejemplo perfecto de la complejidad de los problemas a los que nos enfrentamos; y de lo difícil y costoso que va a ser afrontarlos.

Un coste que no sólo va a afectar a los presupuestos de muchas ciudades, estados y países enteros, sino que, sobre todo, está teniendo consecuencias en la vida y en el trabajo de cientos de millones de personas en todo el mundo.

En el otro libro, Under a White Sky, Elizabeth Kolbert da un vistazo más general a problemas que hemos ido creando en el medio natural, tratando en muchos casos de resolver otros problemas anteriores originados también por nosotros mismos. Desde intentar controlar con descargas eléctricas la expansión de peces invasores hasta modificar corales genéticamente para evitar el colapso de la gran barrera de arrecifes de Australia.

Su libro enlaza con aquel clásico de John McPhee, The Control of Nature, planteando el debate alrededor de si la ciencia debe seguir o no el camino de la geoingeniería, aportando soluciones creativas para sacar la pata de los jardines en los que nos hemos ido metiendo.

Dos libros realmente interesantes para comprender nuestro presente y para conocer lo que se nos avecina. Además, justo cuando todavía los estaba rumiando, hemos podido vivir un poco esta semana pasada uno de esos posibles futuros que mencionan los dos libros. La calima nos ha dejado cielos blancos como los que describen tanto Goodell como Kolbert, ya que una de las soluciones que se plantean para reducir el calentamiento global es inyectar en la estratosfera partículas de azufre, de carbonato cálcico o incluso polvo de diamantes. Y transformando así el color del cielo por uno blanquecino.

Quizás tengamos que pasar el resto de nuestras vidas respirando un aire turbio, sin ver el horizonte, ni la silueta de las montañas. Quizás sea esta la única manera para mantener las temperaturas estables en todo el planeta. Aunque como la propia Kolbert avisa, la experiencia nos ha demostrado que es mucho más sencillo destruir un ecosistema que gobernarlo.



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