Llueve desde hace tres semanas. Sin parar. Ni un sólo día desde que empezó marzo ha dejado de llover. A veces sólo una tormenta, normalmente a todas horas. Con la persistencia de esa lluvia gallega que no cesa ni en sueños.
Así que ya me he acostumbrado a trotar entre charcos, a correr por senderos convertidos en arroyos, y a saltar ríos que no nunca han existido. El campo no recoge más agua porque la capa de tierra es demasiado pobre, y se escurre puliendo las rocas que salen del suelo como dientes desgastados.
La gente ya está cansada de tanta lluvia, pero yo la llevo bien. En el fondo es tan sólo un mes excepcional. Vivimos un poquito lo que otros sufren constantemente. Eso sí que debe ser duro de llevar.
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