domingo, 2 de octubre de 2016

La estación de la marmota

A pesar del sol que luce cada día, el verano ya ha acabado. Se han terminado el calor achicarrante y la sensación de estar en un horno al salir a la calle. Un placer haberle dicho adiós al infierno. Pero lo malo es que, aunque ya no tengamos verano, todavía no ha llegado el otoño. Así que estamos en una especie de limbo climático en el que pasan los días como si fueran el de la marmota.


Porque para mi el otoño de verdad llega con la lluvia. Esa que cala en los campos y deja los caminos encharcados. Aunque sólo sea por unos días. Pero por ahora, aunque las mañanas son fresquitas, de humedad nada de nada.

Y los árboles están notando ya tantos días de agua ausente. Perdiendo el color de sus hojas, retorcidas y resecas por eso que algunos cursis ahora llaman estrés hídrico. Y que el resto de los humanos conocemos como sequía.

A veces da pena correr por campos que retiene el poco aliento que les queda a la espera de que lleguen las lluvias. Pero mientras vivimos este día climático de la marmota, lo mejor que podemos hacer es pasarlo en medio del monte. Aunque sólo sea por solidaridad natural.

El caso es que, además, esta semana ha sido más corta de lo normal. Al menos en lo que al trote se refiere, ya que tuve que pasar el lunes mirando el paisaje desde la ventana.

El resto fue todo lo variado que me puedo permitir en estos momentos: martes y jueves corriendo por el canto del Pico, y miércoles y viernes por la zona del torreón.

Con ánimo de evitar repetir recorridos, he ido descubriendo nuevos sendero entre los peñascos del canto del Pico. No demasiados, pero algo es algo.

En el otro lado la cosa está más difícil. Por un lado porque la tengo más trillada. Y por otra parte porque el abanico de opciones se abre demasiado lejos como para que pueda alcanzarlos en tan sólo una hora. De hecho, a lo máximo que llego es hasta la presa del Gasco. Y eso sólo si voy directo y rapidito.

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