Con la edad, esto de correr se parece cada vez más al Guadiana. Pero no al Guadiana de nuestra niñez, que contenía una metáfora pautada y previsible: algo que primero estaba, luego desaparecía y finalmente volvía a resurgir, como el río por sus ojos.
El correr en la edad madura se parece al Guadiana de hoy, asediado por el calentamiento global y por la avidez acuática de los agricultores: primero corres, luego llega un dolor en alguna parte del cuerpo, y finalmente...
Finalmente sigues parado porque, a veces, la dolencia, el cansancio y la edad hacen que cuando la cosa vuelve a fluir sea tan sólo como el hilillo de agua que apenas aflora en las tablas de La Mancha.
Y en esas estoy ahora. Esperando que un dolor muscular no se me complique y pueda volver a trotar en breve. Aunque sea a ritmo cochinero.
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